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Miércoles, Septiembre 28, 2022
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Se apruebe o se rechace, en Chile comenzó un proceso que no se detiene

Dr. Javier Agüero Águila, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule

El Dr. Javier Agüero Águila, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule comparte en entrevista su análisis sobre el trascendental momento que vive el país y que se decidirá el próximo 4 de septiembre en las urnas.

¿Cuál es el análisis que nos puedes compartir ya conocido el texto constitucional que se votará el 4 de septiembre?

En principio, por supuesto, decir que se trata de un proceso y un texto inéditos. En este sentido y por decirlo de un modo más sintético, el texto y su contexto son excepcionales. Recordemos que la Constitución de 1833 fue una Constitución que es el resultado de una Guerra civil en donde lo que se produjo fue una fuerte restauración conservadora, en la que la presencia de los militares fue absolutamente determinante. La Constitución de 1925, por su parte, obedece, primero, a un Golpe de Estado que implica el exilio de Alessandri y, a los meses, a otro Golpe de Estado que lo trae de vuelta.   Nuevamente, todo bajo la atenta pupila militar. La del 80… ni hablar, no hay nada que decir más que se trata de una Constitución sin entraña social, vacía de toda legitimidad y, más aún, impuesta al ritmo de tanques. 

Es en esta línea que este texto, “el texto”, la importancia de lo que contiene, pero, sobre todo el proceso que lo sostiene, es sin parámetro. Un pueblo soberano, que escoge a su gente y redacta su propio destino, a mi modo de ver, es algo increíble que no puede dejarse a la intemperie para que discursos reaccionarios y, nuevamente, deslegitimantes, se coordinen para sabotearlo.

Es bien increíble ver cómo las élites tradicionales y lo que –técnicamente– podemos llamar oligarquía, reacciona de cara a una potencial sustracción de sus privilegios. Se puede decir lo que quiera de esta propuesta constitucional, pero nadie puede negar que es la única legítima en toda la historia de Chile.

¿Cómo calificas lo que conociste del trabajo que realizó la Convención Constitucional?

Es un derivado de lo anterior, un proceso inédito que nos obligó a enfrentarnos a un escenario político que desconocíamos, muy alejado de la cultura tradicional en donde las grandes decisiones y los grandes poderes estaban en las manos de élites específicas. En Chile nos enseñaron que la democracia se trataba de consensos, de llegar, como fuera y barriendo con cualquier indicación ética, a ese punto neutro en donde la política misma desaparecía. En la Convención vimos otra cultura; una que desactivaba la tradición. Me refiero a la de los antagonismos, a la de revelar argumentos realmente disímiles, y en esta perspectiva creo que fue un momento profundamente democrático, caótico como todo descubrimiento, pero democrático en el fondo y no en la epidermis de una política secuestrada por los grandes poderes. 

No diré que no hubo errores, sería una miopía al límite de lo absurdo. Tampoco se puede defender, por ejemplo, que la “Lista del pueblo” era el pueblo (al menos si así fuera yo no me considero parte de ese pueblo) o que las puñaladas de lado y lado –metafóricamente por supuesto– no se desataron, pero, al final del día y quiero creerlo, la Convención dio cuenta de un momento virtuoso. La historia juzgará, como siempre y en toda sociedad que vive un movimiento de placas tan profundo. 

Para mí y considerando toda nuestra historia anterior, pero hablo de la historia entera de Chile, se trató de un tramo emocionante: paritario, con participación real de los pueblos originarios, de profunda vocación ecológica y al interior del cual el principio, casi “revolucionario” a esta altura –tomemos esta palabra en su justa medida y pensando en Chile, país donde se creó un “oasis” para que el Estado subsidiario y el neoliberalismo se desataran salvajemente y sin parámetro mundial–, de los derechos sociales, ganaron un enorme terreno. 

Se apruebe o se rechace, en Chile comenzó un proceso que no se detiene, irreversible, y en el que las y los invisibles de siempre pudieron estar donde nunca habían estado y decidir ahí donde siempre habían sido excluidos y desintegrados. 

¿Se debió reconocer con mayor claridad el aporte de casas de estudios como la UCM?

Debo decir eso sí, porque esto nos toca y lo digo abiertamente, que me hubiera gustado que proyectos educativos alternativos como el nuestro y el de las universidades del G9 en general, hubieran tenido una mayor consideración. Es cierto que somos instituciones privadas, confesionales, en fin, pero no somos ni la Universidad de los Andes ni la del Desarrollo (solo por dar dos ejemplos). Hablamos de instituciones que en ningún caso son ricas y donde todo cuesta el doble y en el que, gran parte de nosotras/os se mueve por iniciativa propia y sin esperar nada a cambio más que el hacerse parte de un articulado mayor y excepcional histórica y culturalmente hablando, con un potente espíritu regional y siempre intentando darle la cara a la época.

Las universidades no estatales con vocación pública como la nuestra, hacen una enorme contribución a las regiones y al país en términos de desarrollo, divulgación y extensión del conocimiento científico; en relación a la vinculación con las comunidades; generando y aportando permanentemente opinión que se implica al debate político regional y nacional, en fin. Ahí debió haberse emparejado la cancha a mi modo de ver respecto de las universidades estatales, en el entendido que sobrevivimos, integralmente, en base a los aportes del Estado. 

Como dato nada más, no olvidar que esta es una Universidad, la Católica del Maule, en el que más del 70% de sus alumnas/os está adscrita/o a la gratuidad, que provienen, en su mayoría, de sectores medios o bajos y, en una proporción no menor, de zonas rurales. 

Considero que esto es una deuda de cara a un proyecto que pretende reconocer la diversidad y la heterogeneidad… y esto como principio que articula todo el proceso. Pero, de igual modo, es solo aprobando que podremos entrar nuevamente a la discusión. El rechazo la sepulta completamente.

Sin embargo, y este es mi punto de vista, esto no puede cegarnos de cara a un proceso de características telúricas y que, a mi juicio, no podemos farrearnos de ningún modo. Yo estoy con la nueva Constitución.

¿Cómo ves el momento que vive hoy Chile?

Siento que no podría ser de otra manera. Estamos frente a un momento límite, fronterizo, en el que se siente que es posible dar el paso a una potencial nueva forma de relacionarnos. Todo esto podría, en el futuro, configurar un nuevo país, un nuevo tipo de convivencia. Por siglos Chile ha estado en manos de unas cuantas pocas familias y en el que todo se ha decidido de espaldas al pueblo (habría que ver qué quiere decir al día de hoy esta palabra en términos sociológicos o, incluso, filosóficos);  donde las mujeres han estado sometidas y excluidas de los lugares de decisión históricamente; donde se naturalizó la usurpación de las tierras de nuestros pueblos originarios al mismo tiempo que se patentó su discriminación casi como práctica nacional; donde el extractivismo y explotación brutal de nuestros recursos naturales articuló nuestra economía y en donde la subvención ha sido el mecanismo que selló la desintegración de un país que, parafraseando a Nicanor Parra, creía serlo pero apenas era paisaje.

Veo un Chile polarizado en sus élites, pero, la verdad, no sé si a nivel social la polarización es tal. En este país cada vez que la sociedad se ha polarizado, pero polarizado en serio –la historia lo indica– la cosa ha terminado en catástrofes: 17 años de enajenación militar, solo por dar un espantoso ejemplo.

¿Crees que se han aprendido las lecciones de civilidad e históricas necesarias para vivir este proceso democrático en Chile?

Pienso que el haber salido de la peor crisis social y política que atravesó nuestro país durante el siglo XX y en lo que va del XXI lo demuestra. Chile es un país profundamente institucional. Para bien o para mal, nos guste o no, siempre nos aferramos a la institucionalidad para lavar nuestras heridas inmediatas. Ya se está vendiendo el texto de la nueva Constitución en las calles y eso dice mucho. Por años también vimos cómo se vendía el código del agua ¡y la gente lo compraba! Aquí se venden las leyes y la gente las compra.

El estallido o reventón de octubre de 2019 fue justo, e incluso obvio. Se había demorado, más bien, en llegar dado el talante y calibre de los abusos. Pero no podíamos permanecer en las calles toda la vida y había que darle un curso a esa tensión intensa, densa y condensada, quizás, por siglos, pero acelerada por décadas de abuso neoliberal. Y ahí tuvimos un pacto para un plebiscito por una nueva Constitución. Y ganó el Apruebo al tiempo que se favoreció la Convención como mecanismo redactor, la misma que hoy está llena de detractores/as y que tiene a la derecha histérica rasgando vestiduras y a parte de la denominada “centro izquierda” sacando a sus antiguos estandartes llamando a rechazar ¿qué pasa ahí? La historia puede ser muy irónica y Chile es un país, precisamente, en donde la ironía misma ha definido cursos históricos completos. 

¿Es un momento también donde aparecen fantasmas del pasado?

Si por fantasmas te refieres a las y los conocidas/os de siempre, sí. Pero en realidad no creo que sean fantasmas, sino seres humanos de carne y hueso, con intereses, que cada vez que ven tocadas sus cajas fuertes y que vislumbran que pueden perder su hegemonía y poder, reaccionan como lo hacen; creando eufemismos como “tercera vía”, “rechazar para reformar”, “aprobar para cambiar”, etc. 

Nadie piensa, menos yo, que el fetichismo constitucional es el sentimiento que debe primar. Una nueva Constitución no es una zona de confort ni nada va a cambiar el 5 de septiembre. Los cambios devenidos de una Constitución obedecen a una sedimentación y fermentación cultural, social y política lentas. Hay que evitar la esfera onírica común en la que si gana el Apruebo correremos todas y todos tomadas/os de las manos hacia la puesta de sol en la que nos sumiremos en un solo abrazo coreando que somos un nuevo país, no, no será así y veremos, probablemente, agudizarse las contradicciones. 

Pero sí es claro, para mí, que es el mejor punto de partida. Si gana el rechazo el retroceso es enorme y gran parte de lo que se ha sacrificado no habrá valido la pena. La entrega de muchas y muchos que dejaron sus ojos, sus vidas, su dignidad por ver parir un nuevo Chile, probablemente, pasará a las bodegas de la historia a la luz de las permutas y negaciones políticas que absorberán un nuevo proceso, a mi modo de ver, sin legitimidad.

¿Cuál es tu visión sobre las noticias falsas que se pueden leer cada día en relación a este proceso?

Eso no es propio de Chile. Es una práctica política más vieja que la ventosa y ha estado presente en los grupos humanos desde que la política ha sido el agente regulador de los conflictos sociales, culturales, de la guerra. Es una manera de pretender desestabilizar al adversario sin mover a los ejércitos. Lo nuevo, al día de hoy, es el impacto de las redes sociales al respecto, esto es lo que transforma a las Fake News en armas mortales si no son filtradas pero que, al final, se devuelven a quienes las emiten. Kast (el tío) perdió una elección presidencial por quedar permanentemente en evidencia por mentiroso. Kast (el sobrino) es otro que bien baila. Ahora, esto no es patrimonio únicamente de la derecha, pero sin duda es una herramienta que utilizan más y le sale más natural.

Ad portas de la elección del 4 de septiembre ¿Son las encuestas instrumentos fidedignos para predecir lo que ocurrirá en la votación de salida del texto constitucional chileno?

Yo pienso que no. Creo en el trabajo de las ciencias sociales que se despliega transversalmente en un margen de tiempo mínimamente ponderado para formarse una opinión. Las encuestas de las empresas de opinión del momento, en primer lugar, son siempre retrospectivas y van desfasadas. Los procesos sociales son infinitamente más complejos, heterogéneos y profundos como para poder ser capturados por un par de miles de llamadas telefónicas.

La madeja cultural y política que se teje actualmente en Chile es tan compleja que se mueve a nivel de subjetividades colectivas que difícilmente podrían ser capturadas por una fotografía. Hay que ver más allá de lo evidente, o al menos intentarlo, solo así nos daremos cuenta de que estamos en un momento de una gran indeterminación. 

Chile se juega su historia en esto, su dignidad, esperemos estar a la altura y que no nos inmovilicen las trampas, los falsos profetas ni los blufeos. Tengo fe.

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